domingo, 5 de julio de 2015

“La jugada decisiva”. La película


Escena 1:  Sala en penumbra, en el centro, una lámpara sobre la mesa que hay en el centro le da una luz mortecina que se difumina a su alrededor.  Ambiente pesado, cargado de humo.  Los jugadores están situados alrededor de la mesa con vasos de bebida, ceniceros y fichas.  Plano general que se va cerrando, acercándose al crupier que empieza a repartir cartas…

Se van sucediendo planos que muestran detalles parciales que desnudan la complejidad de la situación:  El crupier, con habilidad de prestidigitador, da cartas de diferentes puntos del mazo en función de cuál sea el destinatario.  Un jugador de aspecto desaliñado recibe las peores y el resto, que intercambia discretamente gestos de complicidad y señas pactadas, va reuniendo en sus manos los naipes más valiosos.  La música baja paulatinamente y toma protagonismo el sonido de las fichas al depositarse sobre el tapete verde.  “¿Cartas?”, pregunta el crupier de apellido impronunciable…

Así comenzaría la película de la pretendida humillación griega como lo que es, una partida de poker amañada para despojar a sus dirigentes de los pocos recursos que quedan en sus manos y, sobre todo, vapulear su argumento formal de negociación; la dignidad.  Una Dignidad con mayúsculas vestida con prendas de arrogancia en defensa propia.  Un pueblo maltratado, arruinado y en espera de sentencia, que ha sido consciente demasiado tarde del engaño sistemático a que ha sido sometido, apuesta lo poco que le queda a una sola partida, consciente de ser el espejo donde se miren otros pueblos del sur.

Han sido décadas de expolio, descapitalización de un Estado que nunca fue fuerte, en beneficio de actores exteriores sin escrúpulos ni conciencia, que ahora pasan al cobro un paquete interminable de facturas de productos y servicios que los griegos no son conscientes de haber consumido.  Es más, son conscientes de no haberlos consumido.

Lo que está sobre el tapete son fichas de deuda que suman una cifra cósmica, impagable que condena a la esclavitud sumisa a todo un pueblo pero lo que hay detrás es mucho menos banal que el dinero:  El escenario convulso de la ribera sur del Mediterráneo y su incierto futuro hacen de la península helénica un enclave de un valor geoestratégico incalculable. 

La renovada pulsión imperialista de la Rusia de Putin, despojada del “lastre ideológico soviético”, necesita un puerto franco estratégico para sustentar su hegemonía en el Mediterráneo Oriental, una vez perdido su bastión sirio y además requiere, en el aspecto económico, una salida sur a su exportación de gas y petróleo para evitar el paso por una centro Europa refractaria a sus pretensiones.

Los dos jugadores más importantes: Rusia y EE.UU (tres, si contamos a China), no están sentados presencialmente en la partida pero su influencia planea amenazante sobre la mesa.  Paradójicamente, y por diferentes motivos contrapuestos entre sí, apuestan bajo cuerda por reforzar la posición griega y su estrategia de desgaste ya está haciendo mella en el cártel de tahúres oficiales de la Europa “unida”.

Emocionalmente, me gustaría sacar pecho a favor de los griegos y su defensa de la democracia, la dignidad de un pueblo y su derecho a tener un futuro decidido por ellos mismos.  Tengo la amargura en la boca que produce el convencimiento de motivos más prosaicos para el desenlace de la partida.  Aún así, mi voto sería NO (OXI), sin ninguna duda.  Por todo.





1 comentario:

Fernando Botica dijo...

Una escena en blanco y negro. Un blanco puro y democrático contaminado por el negro sucio y repugnante de los cuervos que se alimentan de carroña. Un escena dramática relatada desde el noble sentimiento solidario y fraternal.
Gracias, Fermín, por poner palabra a la frustrante indignación.