lunes, 22 de agosto de 2016

La maleta


Los dueños de la maleta trataron de disimular sus nervios en el control de equipajes del aeropuerto. Por sí misma, la pareja ya llamaba la atención; él, Vítor, llevaba media vida corrigiendo a quienes le llamaban Víctor y la otra media explicando por qué tenía ese nombre: Era muy sencillo, porque su padre se llamaba así y su abuelo y demás ancestros. Lo bautizaron así y llevaba con orgullo esa herencia familiar. Vítor nació en Vigo y, hasta este momento, nunca se había distanciado de su ciudad más de doscientos kilómetros; más alto que la media, de piel muy blanca y rubio, contrastaba con su mujer, Chen, hija de emigrantes de Shanghai. Era española de nacimiento pero daba igual, todas las personas que se dirigían a ella le hablaban muy lentamente acompañándose de gestos y, lógicamente, se sorprendían cuando les respondía en un castellano perfecto aderezado con acento gallego. Ella era bajita, no llegaba al metro sesenta, de piel de porcelana y pelo negro azabache; sus rasgos perfectos la convertirían en un modelo de belleza si no fuera porque ella, diplomada en enfermería, por experiencia profesional, daba al “contenido” más importancia que al “continente”.

Al colocar la maleta en la cinta del escáner, instintivamente se dieron la mano y miraron con gesto preocupado. El vigilante de seguridad, a cargo del arco detector de metales, contempló la escena con disimulo y al pasar estos por su puesto les informó que les habían correspondido pasar los registros aleatorios. Vítor se extrañó de que “aleatoriamente” les tocara a los dos pero, siguiendo la tesis que le enseñó su abuelo “Nunca te pelees con el peluquero antes que te corte el pelo”, optó por no discutir.

El vigilante de seguridad les separó del resto de la fila e invitó a pasar a una sala pequeña y fría, toda ella en gris, mientras iba a avisar a la Guardia Civil.  Chen intentó decirle algo a Vítor pero éste la paró en seco señalando una cámara que había en un rincón, junto al techo. Sólo se miraron otra vez y con cierta tranquilidad para variar; ellos estaban ahí pero completamente “limpios” podrían registrarles a conciencia y nunca les encontrarían nada, sencillamente porque no lo llevaban.

La maleta, tumbada en el suelo junto a la cinta del escáner de equipajes, contempló inerte la escena. Nadie reparó en su presencia y nadie la reclamó. Era un modelo de esos modernos y funcionales, que la publicidad decía que podría pasarle por encima un camión y su interior no lo notaría; de ese color tan característico que podríamos llamar “gris maleta”; sus propietarios la habían seleccionado con mimo, entre las decenas de modelos que había en la tienda, porque sus dimensiones le permitían entrar holgadamente en los huecos destinados al equipaje de mano y disponía en su interior de un sistema que permitía fijar los objetos para que permanecieran inmóviles con independencia de la postura en que se colocase.

Una sargento de la Guardia Civil entró en la pequeña sala gris, cada movimiento denotaba la profesionalidad que otorga la experiencia. Con sólo una mirada supo que esos dos no llevaban encima nada oculto pero sí tenían un comportamiento sospechoso que se aplicó a desentrañar:
-Víctor Otero y Chen Liu ¿verdad?- preguntó mirando ambos pasaportes abiertos en sus manos.
-Vítor- corrigió él, como llevaba haciendo toda la vida, ella sólo asintió.
-De acuerdo, Vítor. Es algo poco visto una pareja formada por un hombre gallego y una mujer china ¿se conocieron aquí o allí?- Volvió a preguntar la sargento.
-Ni aquí ni allí, fue en Meeting, la página web esa de hacer parejas- respondió Vítor, poco acostumbrado a hablar de su relación.
-¿A qué se refiere con allí? Yo soy tan española como usted- Salió Chen de su letargo.
-¿Ah, sí? He visto los anuncios pero nunca conocí a nadie que lo hubiera utilizado ¿cómo funciona? ¿los chicos buscan a las chicas o las chicas a los chicos? ¿imagino que costará un dinero?- continuó la sargento viendo que tenía cancha y podía, no ya ganar su confianza pero sí vencer su resistencia.
-¿Estamos aquí por eso? ¿No sabía que fuera ilegal?- Sacudió Vítor visiblemente molesto. –Nos está esperando un avión ¿sabe?- Añadió
-Está bien, si lo quiere así, así será. Usted, Vítor, pase a esa sala de la derecha y desvístase completamente, ahora pasará un compañero a revisarle. Usted, Chen, pase conmigo a la sala de al lado y desvístase también; a ver si lo que les está esperando es un juez- La sargento sabía que no les iba a encontrar nada pero, fracasada su intentona de complicidad, debía separarlos para conocer qué ocultaban.

Durante el registro, Vítor no pudo reprimir una sonrisa acordándose de su madre y sus sentencias: “hijo, cuando viajes ponte siempre unos calzoncillos nuevos, no vayas a tener un accidente y piensen que tu madre es una guarra”, al riesgo de accidentes habría que añadir “o que te registren en el aeropuerto”.

Efectivamente, no les encontraron nada; ni escondían ningún objeto sospechoso ni, tras diferentes intentos y estrategias, confesaron nada reprochable. Simplemente estaban nerviosos por volar, por viajar, por la seguridad, por cien mil cosas distintas. Aún así, cuando la sargento les devolvió su documentación y dijo que se podían ir, con las correspondientes disculpas, su alarma interior seguía activada. Se le había escapado algo, seguro.

Los dueños de la maleta contuvieron una carcajada de relajación cuando volvieron al control de equipajes y observaron que el suyo seguía ahí, sin llamar la atención. Se acercaron plácidamente, la pusieron vertical, extrajeron el asa telescópica y la echaron a rodar en dirección a la cafetería más cercana. La sargento, que les observaba por el circuito cerrado de televisión, cayó del burro “¡Coño, la puta maleta!

Las órdenes por radio fueron tajantes y, dos minutos después de su salida triunfal, volvían a estar en la misma sala aunque, ahora sí, con la maleta por delante. La sargento, recreándose, cerró la puerta tras de sí con calculada parsimonia.
-Cuánto tiempo sin verles, parece que ahora tenemos la familia al completo: El padre, la madre y la hija con asas y ruedas- Saludó con grandes dosis de sarcasmo. –Por favor, pongan la maleta sobre esa mesa, abránla y den dos pasos atrás- ordenó.

Chen miró a Vítor y sujetó su brazo con la mano, ella la abriría, al fin y al cabo ella era la responsable de esta situación y debía dar la cara. Levantó la maleta sin dificultad, giró las ruedecillas de la clave de seguridad en las tres cerraduras, abrió la tapa y dio dos pasos atrás como le habían dicho.

La superficie tenía una apariencia impecable: Dos cazadoras dobladas del revés, para evitar que se arruguen y una bolsa de plástico que, por lo que trasparentaba, contenía unos zapatos. La sargento, cabreada consigo misma, decidió tomar personalmente cartas en el asunto y, calzándose unos guantes de látex, levantó con cuidado las primeras prendas. Debajo encontró camisas, dos cargadores de teléfonos, una baraja, un cuaderno y un boli, una tablet, dos libros electrónicos y un tupper. ¡¿Un tupper?! Sí, se trataba sin duda de un recipiente de plástico, de esos con tapa que cierra herméticamente, de color anaranjado y que, antes de abrirlo no desprendía ningún olor. Lo levantó con cuidado, lo sopesó y al moverlo notó como algo se desplazaba en su interior, como deslizándose. Lo puso sobre una báscula y anotó en el formulario colocado en la tablilla “1700 gramos”.  Lo colocó sobre otra mesa y con un cuidado infinito procedió a su apertura.

Chen y Vítor estaban separados por dos metros de vacío cómplice y apretaban sus propias manos con tal fuerza que apenas notaban como circulaba la sangre. La suerte estaba echada. La sargento completó la apertura y, con mimo, sacudió levemente la tapa para que los polvos que se habían adherido a su interior cayeran, con el resto, al interior del recipiente. Era un polvo fino, casi microscópico, de color gris que, misteriosamente, no había sido detectado por los perros estratégicamente ubicados por el aeropuerto. Podría ser una sustancia no controlada, ya que los químicos se esmeran mucho en cambiar la composición de sus “creaciones” para, por un lado, evitar ser detectadas y, por otro, al no ser una sustancia calificada como prohibida, librarse de una condena por un tecnicismo.

Chen estaba al borde del colapso y no reaccionó cuando la sargento, muy profesional, tomó una mínima porción del contenido del tupper, la depositó en un portaobjetos y, con un cuentagotas, dejó caer encima un reactivo de color indefinido esperando que se pusiera azul. No sucedió nada. Repitió la operación con otro líquido y el mismo resultado. Así, seis veces hasta que una de las gotas tomó un tono rosa intenso. ¡Se trataba de restos humanos!

Toda la aparente frialdad y filosofía orientales no sirvieron para que Chen notara como se le aflojaban las rodillas y caer al suelo. Vítor, dio un salto en su auxilio y, cuando el vigilante de seguridad trató de sujetarle, la sargento lo detuvo con un gesto. ¿Qué estaba pasando? Chen rompió en sollozos y confesó: Su padre murió hacía un mes y ella le había prometido llevar sus cenizas a su Shanghai natal, con el resto de su familia. La sargento, más relajada, le informó que llevar las cenizas en un avión no era ilegal, sólo debía cumplir con unas normas concretas en el transporte y nada más. Le dijo a Vítor dónde podía comprar una urna metálica de cierre hermético, apropiada para el transporte aéreo de cenizas, y pidió a Chen que le ayudara a colocar el contenido de la maleta. En su interior estaba satisfecha, sabía que ocultaban algo y le alegró que no fuera nada ilegal. Esa pareja le caía bien, al fin y al cabo, ella también había conocido a su pareja en una web de contactos.



sábado, 20 de agosto de 2016

La infame plastilina de nuestra infancia


En nuestra tierna infancia nadie se libró de jugar con esa plastilina arcaica, grumosa y de olor sospechoso que, aunque en su envoltorio original venía en barras de diferentes colores, a poco que construyeses figuras que contuvieran varios tonos, terminaría toda adquiriendo una apariencia pardusca, objetivamente fea, que sólo servía para fabricar montañas o formas indefinidas sin color y terminaran, inevitablemente, en una caja junto a otras bolas fosilizadas de similares experiencias anteriores.

Resultaba también que, en nuestra infinita inocencia, tratábamos de convertir esa masa acromática en algo más atractivo mezclándole como solución desesperada otros tonos. Así, por ejemplo, le sumábamos el blanco con intención de aclararlo o el negro para oscurecerlo pero, misterios de la química, mantenía imperturbable su fealdad.

A lo largo de estos últimos años hemos confirmado, y los jueces constatado, todas nuestras sospechas: El Partido Popular es una organización delictiva que, amparándose en la política, ha robado como entidad o mediante un buen número de sus miembros, importantísimas cantidades de dinero público, detraídas de los presupuestos usando distintos procedimientos del más tosco al más sofisticado; con el único objetivo de su enriquecimiento ilícito, para las personas, y su financiación ilegal para la institución. El alcance de este latrocinio aún es desconocido en su cantidad, los datos que se van conociendo dejan pequeños los peores augurios, y afecta a todo el territorio nacional. Que no hay lugar ni presupuesto sin mordida, es tan duro, triste e indignante como cierto.

Ahora nos vienen con el cuento de que, una barrita, supongamos que noble y bienintencionada, de color naranja, va a mezclarse con esa ameba informe; que fagocita todos los presupuestos y servicios que caen en sus manos, color indefinido, tacto grumoso y olor sospechoso mezcla de alcanfor, incienso y colonia cara; con la inocente intención de aclarar su tono y mejorar su aspecto y prestaciones.


¿De qué color crees que terminará esa “inocente” barrita naranja? Pues eso...

viernes, 19 de agosto de 2016

Un cuento clásico


Éranse una vez Isabel y Raúl, que eran dos enamorados de catálogo. Si te pararas a imaginar cómo sería una pareja-tipo de enamorados te saldría la imagen de Isabel y Raúl, o Raúl e Isabel, que tenían una relación modélica también en cuanto a igualitaria pero, por ordenarlos de algún modo, emplearé el orden alfabético y serán Isabel y Raúl.

Una mañana de domingo, de esas tan agradables de primavera con cielo despejado, suave brisa, temperatura templada y sol acariciante, Isabel y Raúl decidieron por consenso, porque ahí también servían de ejemplo y ninguna decisión era impuesta por una parte a la otra, todas se tomaban de común acuerdo; decidieron dar una vuelta por El Rastro ya que ese ambiente bohemio y desenfadado les parecía muy romántico. Deambular por entre los puestos donde se podía encontrar de todo, negociar el precio con unos profesionales del regateo que dejarían al mejor futbolista a la altura de un tuercebotas de segunda, y volver a su piso alquilado; porque alquilar era mucho mas sostenible que comprar y les daba más libertad para moverse cuando quisieran; volver, decía, con alguna antigüedad interesante y ecológica, que quedara bonita en su decoración naturalista, y poder mostrar a sus amigos con el orgullo de tener una casa pintona sin haber perjudicado al planeta y sus ecosistemas.

Paseaban sin prisa, con los ojos curiosos de quien no está aún maleado por los empujones crueles de la vida y, todavía, eran muy inocentes; creían, con Rousseau, que todo el mundo nacía bueno y la sociedad les iba estropeando. Miraban a unos y a otros, preguntaban y charlaban con cualquiera cuando, entre dos puestos ambulantes, llamó su atención una puerta pequeña pintada de verde, de esas con dos hojas, que llaman castellanas, de las que la de arriba estaba abierta y la de abajo cerrada. De la penumbra interior emanaba un olor, como de incienso, que les atrajo como moscas a la leche condensada y se acercaron hipnotizados.

Asomados por el hueco que quedaba arriba, sus ojos tardaron en acostumbrarse a la falta de luz y, al cabo de un minuto, descubrieron que la pequeña estancia estaba levemente iluminada por varias lámparas de aceite, que les invitaron a pasar con el sólo crepitar incierto de su llama. Por si no hubiera sido bastante, que lo fue, una voz susurrante con acento oriental puso en palabras lo que sus mentes habían sentido.  Estaban en su casa, o tan cómodos como en ella, para ser más preciso.

Una vez adaptados al juego bailante de luces y sombras, su anfitrión señaló unos mullidos cojines sobre una tupida alfombra. Isabel y Raúl, como vieron que hacía su nuevo amigo, se descalzaron y sentaron en los cojines con las piernas cruzadas. Él les ofreció té de un recipiente humeante, ellos, fascinados, asintieron con la cabeza y tomaron un pequeño cuenco entre sus manos. Nadie diría que se encontraban en el interior de un mínimo local ubicado en el centro del Madrid más castizo y no en una coqueta estancia de un templo perdido en medio la selva cálida y húmeda del sureste asiático.

Al poco, por su indumentaria y sus colgantes y pulseras rituales, dedujeron que quien les había recibido con tanta hospitalidad era una especie de monje de algún tipo de secta budista o algo así pero apenas hablaba y, en consecuencia, tampoco les apetecía romper la magia del silencio. Durante un tiempo indeterminado los tres estuvieron callados, meditando.

El monje se levantó con un movimiento ágil e Isabel y Raúl le siguieron con la mirada. Se aproximó a un viejo arcón de madera carcomida y levantó la tapa con un quejido de sus goznes oxidados. Rebuscó en su interior con interés y, con rostro satisfecho, se incorporó llevando en la mano otra lámpara de aceite, como las que les alumbraban, pero más vieja, sucia y abollada. La alfombra facilitaba los pasos menudos del monje que se acercó a la pareja ofreciéndoles la lámpara; ellos se miraron con curiosidad y, acto seguido, Raúl alzó las manos donde el monje depositó su obsequio.

Mientras Isabel y Raúl se pasaban la lámpara entre ellos y escudriñaban los escasos detalles que les permitía la tenue luz, el monje volvió a su cojín y lució orgulloso su mellada sonrisa. Con gestos les indicó que la frotaran con la manga e Isabel y Raúl no pudieron evitar la imagen infantil de Aladino y la lámpara maravillosa. Se miraron y una discreta carcajada, como sin querer, se les escapó con un punto de complicidad.

Sujetaron la lámpara entre los dos y, con las mangas de sus manos libres frotaron ambos laterales de latón que, sin dificultad, empezó a revelar el lustre que tuvo antaño. Motivados por sus progresos frotaron con más fuerza y sucedió: El monje que les había acogido se hizo etéreo y flotó para unirse al resplandor que surgió de la boca donde se prende la mecha. Isabel y Raúl dieron un respingo hacia atrás y apoyaron sus espaldas en la pared tapizada que tenían a retaguardia. Raúl siempre fue un poquito cagón e, instintivamente, trató de protegerse tras Isabel que le miró sorprendida dando gracias a que su vida no corriera peligro, si no, apañados estaban.

El monje trasmutado en genio flotaba en el aire en el centro de un resplandor anaranjado, su voz, antes susurrante y apenas perceptible, trocó en grave y tronante: “Soy el genio de la lámpara, he estado cautivo esperando que, cada día, llegara alguien de corazón puro y hoy sois vosotros. Os concederé un deseo con una única condición, que no lo haya pedido nadie, nunca. Si sois originales, disfrutaréis de mi magia y yo permaneceré libre hasta la noche, si no, olvidaréis que me habéis visto, volveréis a casa con las manos vacías y yo a mi prisión”.

Isabel y Raúl, Raúl e Isabel, miraban hacia arriba estupefactos mientras su boca, a punto de la luxación maxilar, trataba de respirar un aire pesado y espeso. Se miraron entre sí y comenzaron la búsqueda de una petición que no se le hubiera ocurrido a nadie. Lo primero fue decidir el tipo de deseo: Por una parte, Raúl se mostraba partidario de pedir algo material; había millones de opciones diferentes y no sería muy difícil encontrar algo inédito. Por la otra, Isabel discrepaba; estaba convencida de que una gran mayoría de la gente se habría inclinado por la opción material, dejando de lado la alternativa espiritual en la que, quizá, hubiera menos variedad pero sería un camino poco transitado, prácticamente desierto.

Raúl argumentó que, si se le había ocurrido a ella, por qué no se le podía haber ocurrido a otro e Isabel replicó que pedir algo material sólo por el hecho de ser original no valdría para nada si no es útil. En medio del debate les asaltó la duda ¿de cuántas oportunidades dispondrían? El genio, que entretenía el rato practicando trucos de magia, resolvió tajante: Una. Tenía sentido, si no, en vez de reflexionar sobre qué pedir, se convertiría en una formulación de deseos absurdos hasta que, por casualidad, tocaran la tecla acertada.

Isabel y Raúl acordaron ir proponiéndose cosas entre ellos hasta que encontraran la solución sin abandonar cada uno su tesis. Así, se fueron alternando en lanzar ideas que podrían aceptar o rechazar y, cuando vieran que habían encontrado su “piedra filosofal” se la trasladarían al genio, quien contemplaba divertido la escena haciendo malabares con sus zapatos en un rincón de la estancia.

Tras unos minutos de búsqueda interior, Raúl comenzó el carrusel: “Comida para todos”. Isabel se rió e, imitando la pose forzada de una aspirante a miss dijo, “La paz en el mundo”. Raúl, que notaba como sus tripas pedían la palabra, usó su turno; “Un frigorífico que dé la comida cocinada”. Isabel replicó que eso ya existía, incluso los había que, cuando detectaban que faltaba algún producto, hacían la compra. Ella siguió a lo suyo, “Necesitamos Felicidad, así, con mayúsculas y sin matices”. Raúl recogió el guante y razonó que, para ser feliz, no había nada mejor que poder hacer lo que quisiese sin tener que trabajar. A Isabel no le gustó, le pareció banal e infantil y opinó que sería mejor ser los más inteligentes. Raúl torció el gesto señalándole su contradicción y le recordó que, a menudo, los menos inteligentes suelen ser los más felices, por el contrario, si inventaran algo de utilidad a la vez que exitoso, estaría resuelto el enigma. La muchacha cortó de raíz, habría que decir exactamente qué querrían inventar y, probablemente, ya estuviera propuesto. Por un instante se le encendió la mirada con una pizca de picardía: optarían por poder pedir todos los deseos que quisieran, Raúl respondió que, si eran incapaces de encontrar uno, para qué querían tener más, que lo que debían hacer era eliminar la cláusula de originalidad.

El genio, que hacía ejercicios de contorsionismo sobre un cojín diminuto, negó con la cabeza, que asomaba entre sus pantorrillas; no se podía pervertir el espíritu de la prueba.

A medida que avanzaban en sus disquisiciones su rostro se ensombrecía y, asombrosamente, a pesar de estar en una habitación pequeña, la distancia entre ellos era cada vez mayor, hasta tal punto que ya debían levantar un poco la voz para poder escucharse. Se dieron cuenta que algo no funcionaba y callaron. La mirada de cada uno buscó los ojos que amaba y al encontrarlos, sin más, pronunciaron a la vez:  “Poder salir de aquí exactamente igual que como entramos”.

El genio de la lámpara comenzó a pintar un cuadro, hasta la media noche disponía de tiempo suficiente para terminarlo. Isabel y Raúl, cogidos de la mano, convinieron que era tarde y tenían hambre de modo que ...
apretaron sus andares
buscando un bocata de calamares

FIN

jueves, 18 de agosto de 2016

El Analista Sarcástico de Medios en verano...


Rajoy recibe a Albert Rivera tras ignorar sus seis condiciones
Por favor ¿no puede haber micros en esa reunión? Una hora y media hablando cada uno de lo suyo sin prestar atención a lo que diga el otro. Puede ser épico:
-Y voy yo y le digo, señor Shánchez, son los vecinos los que eligen al alcalde...
-Si no acepta mis condiciones me llevo el Scatergories
-¿Y la europea?
-Estamos hablando de regeneración...
-Hodor

Sánchez acusa a Rajoy de “tener cautiva la democracia”
De momento, para liberarla, el Comité Ejecutivo del PP ha acordado pedir un rescate del 3 %. Pedro Sánchez se lía y cuando le preguntaron si quería presentar denuncia respondió: “NO es no”.

Moncloa dice que Sánchez no le coge el teléfono a Rajoy y el PSOE niega la llamada
¡¡Groucho vive!!

Echenique sobre la actuación de Rajoy: “¿Nos toma por tontos?”
No sabemos si nos toma por tontos, si el tonto es Rajoy (aunque pueda parecerlo, de tonto tiene lo justo), si los demás partidos lo son o sólo lo están haciendo. Lo único que está claro es que la legislatura real terminó en noviembre de 2015 y Rajoy se va a volver a comer las uvas 2016-17, en La Moncloa y a nuestra costa.

La deuda pública, en el 100,9 % del PIB, bate un record de más de un siglo
Nos iban a dar una medalla pero, inexplicablemente, al pasar por Valencia ha desaparecido. Montoro, no se te oye, se les ha debido olvidar abrirte el micro...

Valencia pide la dimisión de los 9 concejales del PP investigados por corrupción
Por fin se descubrió la causa de la corrupción generalizada en el PP valenciano, fue culpa de un asesor, enchufado en su día por Zaplana, que confundía el fonema “r” por el “d” y se pasaba el día hablando de regeneración democrática. Un logopeda YA.

El sucesor de Diego Cañamero en el SAT pide la independencia de Andalucía
Sólo dos preguntas, señoría: ¿Qué vegetales planta esta gente? ¿Por qué se los fuma?

Trump intenta aprovechar las tensiones raciales para captar el voto negro
Suena absurdo y descabellado ¿verdad? Pues Cospedal dijo que el PP era el partido de los trabajadores y algunos gilipollas lo creyeron y les votaron.

Las toallitas colapsan las tuberías de Madrid
Concretamente en las cloacas del Barrio de Salamanca, valga la redundancia. Dejad ya de llorar y, sobre todo, no tiréis las toallitas por el water.

Un problema de seguridad afecta a las llaves de millones de coches
Investigan si fue Fernández Díaz, por recomendación de Marcelo, el que les puso 1, 2, 3, 4 como código de seguridad, como tenía en su despacho del ministerio.

Los whatsapp de los violadores de San Fermín (me resisto a ponerlos)

Me dan tanto asco que no les voy a dar pábulo. Sólo deseo que les juzguen, condenen e ingresen en prisión. El “código carcelario” ya se encargará de que descubran lo que se siente cuando te “follan entre cinco” sin tu consentimiento.

miércoles, 17 de agosto de 2016

15 de agosto


Cien ojos eran pocos. Los cachorritos de cabrones zigzagueaban a toda velocidad con sus bicicletas de juguete entre los, cada vez más apretados, grupillos de vecinos y en cuanto alguien se descuidaba le pasaban por encima de un pie o, mucho más doloroso, hacían tope con alguna espinilla desavisada que quedará dolorida para toda la noche. El bullicio propio de las fiestas era el caldo de cultivo ideal para hacer trastadas impunes y se aplicaba con generosidad la amnistía general titulada: “Deja en paz al muchacho, que estamos en fiestas”.

A Isidoro, el alguacil, tanta multitud le aturdía y, si le añadías las correrías de los protodiablos sobre ruedas, su delicado estado nervioso coqueteaba con el colapso; aún así, el hombre, menudo y discreto cercano a la invisibilidad, conocía su oficio. Se sentó junto a la fuente del final de la plaza, por una parte, para ver con perspectiva cómo se iba llenando de gente vestida de domingo y, por otra, porque cada diez minutos, aproximadamente, los chavales dejaban apoyadas las bicicletas en la pared de la tienda y, jadeando, se acercaban a darse un trago de agua. Efectivamente, en un rato breve los críos hicieron su pausa de hidratación y el alguacil aprovechó para, en lo que dura un parpadeo, poner una cadena fina, atando los cuadros de las cinco bicis a un árbol, cerrarla con un candado y a otra cosa.

Isidoro, a su manera, representaba la autoridad y los chavales, con el Pecas al frente, despreciaban la autoridad en general y la del alguacil en particular, no había actividad divertida que él no estropease y, además, como no levantaba la voz, no les daba la oportunidad de encararse con él. El Pecas, un manipulador experto desde antes de aprender a hablar, enredó a Rocío, hija de Ramón, el concejal de fiestas; para que fuese con el cuento a su padre y éste tirara de galones y obligara a Isidoro a liberar las bicis de su esclavitud. Mala jugada. Ramón había visto por el rabillo del ojo la maniobra del alguacil y respiró aliviado, los muchachos no habían causado más de un accidente por cuestión de centímetros y, cuanto más se llenaba la plaza, mayor era el riesgo. Rocío volvió al grupo con malas noticias y el Pecas la miró con mala cara añorando los tiempos en los que se decapitaba a los portadores de malas nuevas y despareció por la esquina clamando venganza.

El alcalde, Torcuato de la Maza, Don Torcuato para el vulgo, potentado ganadero, hizo un gesto con la cabeza señalando el ayuntamiento y, de manera automática, los cuatro concejales entraron en el portalón y salieron al balcón de la Casa Consistorial que, como mandan los cánones, constaba, de abajo a arriba, de soportales, balcón y torre con reloj. Esperaron que sonara en carillón que daba las ocho, para que las campanadas imitando al Big Ben no interrumpieran, y el alcalde asió el micrófono de la tosca megafonía instalada en los laterales de la terraza y comenzó el discurso con el que se abría la entrega de premios.

-Vecinos de Mantuecas, un año más disfrutamos de nuestras fiestas patronales en honor de la Virgen...-
-Sí, sí, sí- Sonó en la plaza como un trueno que, al contrario que en las tormentas, precedió a los relámpagos que salían de los ojos del alcalde. La orquesta estaba empezando a sonorizar y había roto “su momento anual de gloria”. –Sí, ¿me s’oye?- Siguió el cantante a lo suyo, con su rutina de cada tarde.

Isidoro había cruzado la plaza en tres segundos y ya estaba hablando con el técnico de sonido cuando las miradas del balcón se dirigieron a la mesa donde se gestó el boicot involuntario al alcalde. Instantáneamente el alguacil miró a su jefe y con un gesto con las manos le indicó que podía continuar sin más sobresaltos. Don Torcuato para el vulgo, impostó una sonrisa y volvió a empezar: -Vecinos de Mantuecas, un año más...-
Tarararaaaá tará tararaaá... Los acordes de “Paquito el Chocolatero” irrumpieron desde la ventana del local de la Asociación, frente al ayuntamiento. Eran las ocho y cinco, momento en el que debería haber terminado el discurso y, Luciano, peón de brega de la Asociación Cultural de Mantuecas y sordo de nacimiento, pulsó el Play del equipo de música a la hora convenida.

Isidoro, ahora sí, debió emplearse a fondo: Cruzó la plaza a la carrera, intentó abrir la puerta pero estaba cerrada por dentro, pulsó el timbre con furia, aporreó con los nudillos, volvió a pulsar el timbre, trepó por la fachada, entró por la ventana sorteando los grandes y estruendosos altavoces y, con gestos airados, hizo saber a Luciano que se estaba equivocando. El hombre, sin entender nada, pulsó el Stop, el alguacil asomó de nuevo a la ventana, cruzó los brazos repetidamente en señal de que habían resuelto otro escollo y la plaza mostró su división: la mitad de los asistentes estalló en un aplauso entre carcajadas y la otra mitad, a la que le valía cualquier excusa para no escuchar al alcalde, en silbidos.

A Torcuato de la Maza, Don Torcuato para el vulgo, cuando se cabreaba, se le subía la comisura derecha de la boca luciendo, amenazante, un colmillo. Cuando agarró el micro por tercera vez, podía olerse el aliento sin esfuerzo de lo cerca que tenía la incipiente bocera de la nariz. No obstante, recordó las servidumbres del cargo y volvió a la carga:  -Vecinos de Mantuecas, parece que hoy el destino se ha conjurado contra... -  Una sucesión de explosiones salvajes en el centro del público dejó la plaza desierta. Sonaban como barrenos de la cercana mina pero sólo eran unos potentes petardos con los que el Pecas había perpetrado su venganza y ahora se meaba de la risa al abrigo de los soportales.

Por los altavoces del ayuntamiento sólo se oyó decir: -¡Que os jodan...!-



martes, 16 de agosto de 2016

A vueltas con el burkini


Partimos de una base ya manoseada, la de la libertad religiosa. Si lo que se pretende es una sociedad laica en todas las instancias de lo público, las manifestaciones religiosas quedan reducidas al ámbito privado donde, cada quien, puede mostrar, ocultar, hacer, deshacer, gritar o silenciar cualquier acción siempre que no contravenga lo previsto por la ley; asesinar en privado, ya sea por motivos religiosos o laicos, tendrá graves consecuencias penales, igual que si se hace en público, por poner un ejemplo extremo.

Ahora bien, las manifestaciones de carácter religioso, de cualquier confesión, nos rodean por todas partes. Es cierto que eran los miembros de las órdenes religiosas prácticamente los únicos que tenían acceso a la cultura: Sabían leer y escribir, reunían el saber conocido en bibliotecas de imposible acceso para el vulgo y, a su vez, la creación artística estaba impregnada de esa espiritualidad que, con disciplina más rigurosa o más relajada, según la época y en todas las religiones, hacen que sea imposible separar la Cultura de la Religión más allá de mediados del siglo XVIII. Aspecto este, que aprovechan con saña los detractores de la laicidad para arrimar el ascua a su sardina en un ejercicio claramente ventajista.

También estamos contaminados por el virus de la hipocresía en esa materia, según lo cercanos o no que sean los casos de que se trate, el conocimiento o ignorancia que tengamos de esa confesión o los prejuicios que éstas despierten en nosotros. Así, ponemos el grito en el cielo si vemos una mujer, ataviada con un burka o simplemente el velo, caminando por nuestras aceras y no despierta ningún tipo de alarma ver una o varias monjas, con hábito y toca, codearse con nosotros o, incluso, hay quien pone en sus manos la educación de sus hijos. Reconozcamos que, como mínimo, se trata de un contraste llamativo.

La polémica ha saltado en Francia (y alguna zona española) por la presencia en algunas playas de mujeres enfundadas en un traje de baño que oculta toda la anatomía femenina salvo la cara y, como en toda polémica, goza de defensores y detractores. Primera cuestión ¿qué dice la ley al respecto? ¿la indumentaria que uno utiliza en una playa pertenece al ámbito de lo público o de lo privado (es espacio es público pero el cuerpo es privado)? ¿es bueno que las leyes desciendan a regular esta casuística tan detallada o deben dictar más bien preceptos generales? ¿sin los crueles y desaforados ataque que se han perpetrado en Francia y otros países se habría producido este debate tan encendido? ¿estamos dispuestos a despojar, por definición, lo público de cualquier vestigio religioso o sólo de los que nos convienen o no gustan?


A mi juicio, el uso o no de determinadas prendas de vestir no es el problema, no es nada más que una pequeña consecuencia, cercana a lo anecdótico, para tratar este asunto como merece y lograr objetivos racionales, hay que despojar de influencia religiosa todos los ámbitos de la vida fuera de la intimidad del hogar y, como se lucha contra miles de años de profunda impregnación cultural, proponerse objetivos de “desintoxicación” tangibles, realizables, cortos pero irrenunciables y, quizá, en 10 generaciones hayamos salvado esta polémica. Eso sí, el verano seguirá huérfano de noticias que llevar a primera página y eso tampoco es malo.

domingo, 14 de agosto de 2016

Niebla


La temperatura ambiente invitaba a la desidia y el pollo no paraba de dar vueltas en la rustidera en que se había convertido la toalla. Un rociado más de aceite bronceador y vuelta a la posición horizontal, el pollo aún estaba a medio asar. Dormitaba. Los niños a su alrededor gritaban pero sus chillidos adquirían cierta musicalidad combinados con el cadencioso ruido de las palas de playa: tac, tac, tac, tac, tac, tac, ...  Una cabezadita más.

En su ensoñación playera no recordaba si, con las prisas de la mañana, había cogido los tapones de silicona para los oídos, creía recordar que no pero, por qué entonces todos los sonidos de la playa le llegaban tan atenuados. Instintivamente abrió los ojos, primero con la dificultad propia de pasar de la oscuridad al exceso de luz solar, luego, poco a poco sus retinas fueron detectando figuras reconocibles y se sorprendió: La gente, anteriormente bulliciosa, estaba en silencio o hablaba bajito y, todos, con  un rasgo común, sus miradas se dirigían a su espalda, a mar abierto.

Perezosamente se incorporó e, hipnotizado por lo que aparecía en el horizonte, no alcanzaba a meter la tirilla de la chancla entre sus dedos y salpicó de arena blanca y fina toda la toalla; el horizonte, sencillamente, no estaba. Una espesa bruma gris oscuro cubría toda la línea ocultando la bahía, la isla con su altivo faro que la dominaba desde el centro y, como es lógico, el pueblecito marinero que adornaba las lomas del otro lado, también se había esfumado.

Los lugareños eran los únicos que hablaban, ya habían ocurrido antes otros episodios de una bruma que lo invade todo súbitamente y, al primer golpe de viento, se deshilacha, dispersa y desaparece como llegó, pero no recordaban una tan oscura, tan espesa y, sobre todo, que progresara a tanta velocidad. La sonrisa socarrona de los pescadores más aguerridos aparentaba querer burlarse de los asustadizos turistas, sin embargo, un rictus de preocupación denotaba que no las tenían todas consigo.

En el breve plazo de varios parpadeos, la bruma negra había ganado el borde del mar y se adentraba sin dificultad por la arena de la playa. Afortunadamente, la marea estaba en su punto más bajo y unos cientos de metros la separaban aún de la primera línea de toallas.  Los bañistas más huidizos habían recogido a toda velocidad sombrilla, toallas, tumbonas, nevera y demás achiperres playeros y, con los niños por delante, apretaban el paso rumbo al pinar que hacía de frontera entre la arena y la civilización urbana. Otros, paralizados, quien sabe si por el miedo, la curiosidad o la indiferencia, permanecían en el mismo lugar sabiendo que sólo era un efecto óptico, desde dentro de la bruma todo estaría donde estaba pero más borroso.

Los oscuros jirones que anunciaban la invasión negra fueron engullendo la primera línea, la segunda, la tercera, ... y, a medida que avanzaba, el silencio se iba adueñando de la, hace un rato, concurrida playa. El pollo a medio hacer notó frío y recogió la camiseta que, convenientemente doblada hacía las veces de almohada, y se la puso. Las primeras briznas, muy densas, llegaron y rodearon sus pies desnudos, treparon por sus rodillas y conquistaron el bañador, de ahí a su torso enaceitado y subió hasta alcanzar su cabeza que desapar

Ese aroma


Un respingo, que partió del fin de la columna rumbo al norte, recorrió toda su espalda erizando, hacia dentro y hacia fuera, cada vello de su piel. Ese aroma le volvía loco, no sabía por qué ni cuándo había empezado ni, por supuesto, cuándo acabaría; sólo alcanzaba a entender que perdía todo control mental sobre su cuerpo y se volvía un rehén desarmado en las manos caprichosas de sus deseos.

Llegó otra vez, ahora con más intensidad y nitidez; la fuente, todavía sin identificar, estaba cerca, muy cerca, tanto que penetraba en su cerebro sin representar ningún esfuerzo para él, lo invadía como la luz invade el amanecer, lenta, silenciosa e implacable.  Se dejó llevar sin oponer más resistencia que a la tendencia de sus rodillas a quedar viscosas, de desplomarse suavemente en la alfombra a esperar el dulce sopor que se anunciaba en sus sentidos. Ese aroma...

Tenía que ocurrir, notó una sensación simultánea de pesadez y ligereza que pugnaban entre sus piernas para mostrar primacía.  Decidió sentarse, la postura disimulaba mejor su problema emergente.  Estaría feo que alguien se diera cuenta y le reconviniera por lo inconveniente de su actitud o, quién sabe, decidiera aumentar la apuesta y volviera a dormir acompañado ¿dormir? Sí, alguna vez había que dormir.

A la hora señalada, un gentío palpitaba por la estrecha sala y los pasillos adyacentes y, a cada grupo que llegaba, aumentaba la necesidad, rápidamente satisfecha, de ese aroma.  Ese aroma dulzón que le llevaba a tal estado de excitación que dejaba de ver caras conocidas, sólo estaba rodeado de extraños que impedían que se expresara con toda la contundencia que los sucesivos arrebatos auguraban.  Otro grupo, otra vez la tortura de ese aroma...

La capacidad de aguante alcanzó la frontera de lo tolerable y, discretamente, se abrió paso entre tanta humanidad hasta llegar a la sacrosanta puerta del baño que franqueó con impaciencia. Trató de acceder a alguna de las pequeñas cabinas pero todas tenían echado el cerrojo. ¿Habría epidemia de debilidad olfativa como la suya? En absoluto, otro aroma, de características diametralmente opuestas al conjurado, le advirtió para qué usa el vulgo las cabinas de los baños públicos.  Esperó dando paseos impacientes, lavándose las manos, mojándose la nuca con agua fría, ... hasta que un sonido característico de la descarga de agua anunció la liberación del espacio. Asomó brevemente la nariz por el pasillo para cargar las pilas de excitación antes de verse, por fin, en intimidad.  Bajó la tapa de su improvisado asiento, se sentó y con ansia irracional dio alivio a sus pasiones.

Cuando salió de los baños, pasó de nuevo el conserje rociando el ambiente con el spray ambientador causante de sus desdichas pero, aunque otra vez turbado, pudo aguantar el envite con cierta dignidad y pensó: “Manolo, o te contienes un poco o cualquier día de estos te pillan y te echan del tanatorio”



sábado, 13 de agosto de 2016

Un documental sobre naturaleza


Decir que la naturaleza es caprichosa es quedarse corto. La naturaleza es una consentida de tomo y lomo que hace lo que se le pone en el pliegue inguinal y no hay cojones a rebatirla.

Premisas:

1.- El murciélago es un mamífero volador, de la familia de los quirópteros, de pequeño tamaño, que se alimenta de insectos y tiene la particularidad de compensar su muy deficiente visión con un sentido del oído hiperdesarrollado. Emite un chillido muy característico que rebota en los obstáculos que haya en su vuelo y son captados, a modo de radar, por su oído, lo que permite unas trayectorias complejas a mucha velocidad sin riesgo de choque.

2.- Cada año, a mediados de agosto, la tierra atraviesa una zona plagada de polvo espacial proveniente de los restos de un cometa, es lo que se conoce como Lágrimas de San Lorenzo (por la cercanía a esa onomástica) o Perseidas (por parecer que proceden de la constelación de Perseo). El espectáculo de una permanente lluvia de estrellas fugaces (alrededor de 200 a la hora) lo hace muy apreciado por amantes de la astronomía, profanos curiosos y fotógrafos profesionales y aficionados.

3.- Para fotografiarlas conviene disponer de una cámara que permita trabajar con alta sensibilidad (3200 ISO), largas aperturas de objetivo (30”), montada sobre un trípode para evitar movimientos y vibraciones indeseadas y, sobre todo, en un lugar sin contaminación lumínica (un monte alejado de núcleos urbanos suele ser el mejor sitio). A estas condiciones hay que añadir una tonelada de paciencia y, si acaso, un microgramo de prisa porque, para conseguir una buena foto, hay que disparar más de cien o tener una suerte infinita.

Hechos:

1.- Día 13 de agosto de 2016. 2:07 h.  Monte Arna (Ribamontán al Mar, Cantábria)

2.- Cámara Cannon EOS 600D, objetivo 18-55, montada sobre trípode, orientada al cuadrante noroeste, con una inclinación desde la horizontal de 75º.

3.- Actividad de observación celeste con disparos consecutivos de 30” de duración.

4.- Ruido escaso: el rumor natural del bosque causado pòr el movimiento de ramas con el escaso viento, el desplazamiento terrestre de animales, algún insecto que pasa cerca y los chillidos intermitentes de los murciélagos.

5.- Oscuridad total solo rota por la aparición periódica en el display de la cámara de la última fotografía realizada.

6.- Brusco sonido de impacto y cámara que aterriza 3 metros a la derecha.

7.- Investigación de lo ocurrido con la linterna del teléfono: Cámara y trípode caídos sin daños aparentes. Al lado, se incorpora con dificultad un murciélago relativamente grande para la media que, aunque no me oye llegar, cierra los ojos con fuerza al ser iluminado.

Indicios para deducir:

¿Qué posibilidades hay de encontrar un murciélago sordo? ¿Cuántas probabilidades hay de que sea tan osado (o hambriento) como para salir a volar de noche?  ¿Qué ínfimo porcentaje de la superficie del monte ocupaban cámara y trípode?

Conclusión:

¿ES O NO ES LA NATURALEZA UNA CAPRICHOSA DE TRES PARES DE COJONES?

viernes, 12 de agosto de 2016

Mantra


Colgar la pierna por encima del brazo del sillón siempre me relajó. Me daba la sensación de que conservaba aún parte de esa rebeldía juvenil que me invitaba a hacerlo sólo porque mi padre decía que iba a romperlo, que ya no se hacían muebles como los de antes y se jodían, tal cual, a la mínima. Que si no podía sentarme como es debido, ya puestos, que me sentara en el suelo, como los moros, y podría poner los pies donde me saliera de los huevos. Que, sentado en esa postura, con toda la espalda arqueada y forzada artificialmente, me iba a salir chepa e iba a estar cojonudo, con esa tripa y con chepa.  Por eso me gustaba, porque a mi padre le llevaban los demonios y eso molaba.

Colgar la pierna por encima del brazo del sillón me ayudaba a concentrarme.  Era coger la posturita y perderme en ensoñaciones, en mundos imaginarios donde sorprender a todos esos que me menospreciaban a diario. Imaginaba conversaciones en las que daba respuestas secas e ingeniosas a comentarios hirientes que dejaban helado a mi interlocutor; hacía gala de tal superioridad física que, mi sola presencia, turbaba a todas las chicas que me observaban con arrobo; mostraba una solvencia intelectual que me convertía en el tema monográfico de la sala de profesores y, no sólo porque lo dijera mi abuela, era guapo, muy guapo.

Colgar la pierna por encima del brazo del sillón y verla balancearse cadenciosamente era un ejercicio de reafirmación personal y autonomía. En contra de quienes decían que no podía hacerlo, en contra de quienes me miraban sin verme, como a un mueble más, en contra de los que solo me hacían objeto de su desdén y profundo desprecio, en contra, incluso, de la propia naturaleza y la dictadura de sus leyes implacables, ahí estaba yo; había colgado la pierna por encima del brazo del sillón y no había pasado nada, el mundo seguía girando en la misma dirección, con la misma fuerza y velocidad y yo sonreía con satisfacción.

Colgar la pierna por encima del brazo del sillón era una de las pocas acciones libres que podía permitirme. Me suponía un gran esfuerzo, tanto para ponerla como para quitarla pero, luego, esclavo de la monotonía inmóvil de mi silla de ruedas, me recordaba que seguía vivo, que aún estaba aquí y tenía mucha guerra que dar.




jueves, 11 de agosto de 2016

El Analista Sarcástico de Medios en verano


Rajoy gana tiempo y sigue sin aclarar si irá a la investidura
Es el diputado el que elige al presidente y es el presidente el que quiere que sean los diputados el presidente”, afirmó contundentemente Rajoy quien, a la pregunta de qué había querido decir, añadió: “y yo qué sé, coño ya...”. Mientras, entre bambalinas, Viri le hacía gestos ostensibles señalándose el reloj, como diciendo: “Vamos, Mariano, que ya verás tú el atascazo que vamos a pillar en la carretera de La Coruña”

Varios imputados del PP decidirán sobre el acuerdo con Ciudadanos
A la pregunta de si el PP, esta vez sí, va a tomar medidas contra la corrupción, las respuestas tipo serán: a) la pelota está en el tejado del PSOE  b) Ese partido imputado del que usted me habla... c) La recuperación económica española está asombrando al mundo  d) Pikachu

Podemos contra Rivera por “apoyar al partido más corrupto de la democracia”
El líder de Cuñadanos, en otro de sus arabescos dialécticos, dirá que, si no se cumplen sus 6 condiciones, jamás, nunca, en ningún caso, de ninguna manera, absolutamente no, ..., a lo mejor, es posible, quizá, casi seguro que apoyen a Rajoy por responsabilidad y sentido de estado (y alguna vicepresidencia).

El PSOE insiste en que mantendrá su “no” a la investidura de Rajoy pase lo que pase
A pesar de las opiniones en contra de algunos pesos pesados (y pasados) del partido, nadie espera que aparezca una cabeza de caballo en la cama de Pedro Sánchez. Lo que no descartan es que aparezca la cabeza de Pedro Sánchez en la cuadra del caballo (sea quien sea el caballo).

El 31% de los dependientes con derecho a ayudas aún no las ha recibido
Busco esto, entre otras cosas, en las condiciones que ha puesto Rivera a Rajoy y no lo encuentro; debo tenerlo delante y, como estoy cegato perdido, no lo veo.

Clinton lanza una plataforma para captar a republicanos descontentos con Trump
Dirigentes republicanos se apuntan en masa a la plataforma de discrepantes y Trump sugiere a la Asociación Nacional del Rifle dónde puede hacer sus prácticas de tiro.  Insisto porque es cierto: Me da auténtico pánico la América profunda.

Los primeros pobladores de America llegaron en balsa
Y, desde los primeros, todos los demás.  Salvo Trump que se materializó allí por generación espontánea.

Paella y Beatles en la fiesta de verano de Puigdemont en casa de Pilar Rahola
Mientras John Lennon se revolvía en su tumba, el resto de catalanes se arrancó por Def Con Dos y su mítica “La culpa de todo la tiene Yoko Ono”.

Mireia Belmonte gana el oro en los 200 mariposa
Estando como está la prensa deportiva española, lampando por falta de medallas, la victoria de Mireia acapara las portadas hasta de las Páginas Amarillas.  Qué mala es la necesidad...

El agua de una piscina olímpica se vuelve verde y nadie sabe por qué
Decían que el producto ese que teñía el agua cuando alguien se meaba en la piscina no existía, que era una leyenda urbana; mira tú si existe.

Un superviviente del accidente de avión de Dubai gana un millón en la lotería
Diréis que es un tío con mucha suerte pero, al lado de Carlos Fabra, es un mindundi con 15 minutos de gloria. Nada más.



miércoles, 10 de agosto de 2016

Fui a comprar flores


Fui a comprar flores, como cada viernes. Me gustaba tener flores naturales en casa y, durante la larga época en que vivió mi gato, no podía; se las comía e iba dejando vomitonas por toda la casa. Ahora me estaba resarciendo, todos los viernes entraba por la puerta con un ramo y mi mujer no oponía resistencia.

Fui a comprar flores, como cada viernes, pero no lo hice. Al entrar por la puerta de la floristería percibí un olor extraño, desagradable; la vendedora habitual, Mercedes, creo que se llama, no estaba y una señora oronda con cara de perro pekinés cabreado deambulaba tras el mostrador, ejerciendo su tiranía como la Reina de Corazones de Alicia, cortando cabezas, con la diferencia de que no eran cabezas las víctimas de sus tijeras voraces, eran flores. Las cortaba al ras del cáliz, dejándolas inútiles para cualquier composición al uso; las cogía, miraba con desdén, y tiraba una tras otra a la papelera.  Indignado y dolido le pregunté por qué hacía eso y ella, sorprendida como si le hubiera preguntado por qué amanece, respondió que se habían portado mal.

Con la certeza del trastorno mental de esa mujer desconocida, abandoné la tienda con las manos vacías haciendo memoria del barrio, pero no recordaba ninguna otra floristería.  Por un instante, me invadió la inquietud ¿Y si la chica que yo llamaba Mercedes, cuyo paradero desconocía, había corrido la misma suerte que las flores? Di la vuelta sobre mis pasos y regresé a la tienda. La Reina de Corazones levantó un segundo la mirada y volvió a su floricidio sin darme importancia, sólo era el tipo ese que preguntaba lo obvio.

Me armé de valor, acerqué a ella y, tras tragar saliva dos veces, pregunté: -Buenas tardes, ¿no está la chica que había antes? Mercedes, creo que se llama-  -No, ya no- contestó lacónica y siguió a lo suyo. -¿Cómo que ya no?- Insistí preocupado.  La Reina de Corazones, con un gesto de fastidio que afeó aún más el rictus que usaba como boca, me señaló el invernadero con la barbilla sin dejar de decapitar, en este caso, crisantemos.

Volví mis pasos hacia el invernadero y, con mucho respeto, por no decir miedo, abrí la puerta y me asomé.  Cuando mis ojos se acostumbraron a la luz especial que creaba su atmósfera, descubrí una vegetación de exhuberancia desatada que emanaba una mezcla de aromas entre embriagadora y empalagosa. En el suelo, en un hueco que quedaba a la izquierda, asomaban dos pies inmóviles mujer.  Corrí hacia ellos y la naturaleza no me defraudó: Los pies iban seguidos de dos piernas embutidas en unos pantalones vaqueros, a continuación, un culo inerte hacía de nexo con un tronco que, como es lógico, continuaba en su parte superior en dos brazos a ambos lados, que finalizaban con unas manos que me resultaban familiares. Volviendo a los hombros, éstos conducían al cuello, del que salía... ¡Nada!  ¡No había cabeza!

El instinto me hizo mirar con recelo a la Reina de Corazones quien, tijeras de podar en mano, venía hacia mí. ¡¡Venía a por mí!!  Reaccioné lo más rápido que pude, cerré de un portazo el invernadero y atranqué la puerta desde dentro con una pesada jardinera.  Ella, al ver que no podía acceder por ahí, buscó una ventana abierta por la que entrar pero yo, de modo implacable, ya las había ido cerrando una tras otra.  No se le puede negar que fue contumaz hasta el agobio porque, lejos de rendirse, fue golpeando con las pesadas tijeras los cristales, uno por uno, buscando un punto de debilidad por el que poder entrar.  Afortunadamente, no eran cristales, eran resistentes paneles de metacrilato que soportaban sin ningún estrés cada golpe recibido.  Todos menos uno.  Un chasquido sordo y los trozos de plástico trasparente cayendo al suelo, consiguieron que me bajara de golpe toda la sangre a los pies y, mareado, empleé mis últimas fuerzas en meterme entre el follaje buscando pasar desapercibido mimetizándome con la vegetación.

No me podía mover pero traté de permanecer aún más quieto, me faltaba el aire pero contuve la respiración; oí como la Reina de Corazones, precedida por un “chas, chas, chas” de las tijeras en acción, pasaba de largo para, luego, inexplicablemente, volver y descubrirme hecho un ovillo en el suelo, envuelto en hojas, ramas y flores.

“Chas, chas, chas, chas, ...”. Con precisión quirúrgica fue cortando todas las ramas que me envolvían, poniendo especial cuidado en las que me aprisionaban el cuello cada vez más y comenzaban ya a cortar la piel por varios sitios.  Cambié el pavor por el alivió y ella, ayudándome a levantarme, mostró su placa y se presentó: “Brígida López, inspectora de homicidios botánicos...”




martes, 9 de agosto de 2016

La encuesta del ZIS


La credibilidad de los estudios demoscópicos está, a día de hoy, al mismo nivel que la de los adivinos televisivos y sólo un punto por encima de las predicciones económicas del Gobierno. Tampoco es cosa de echarse las manos a la cabeza, cualquier ser humano con más de diez neuronas activas sabe que los sondeos electorales no se hacen para conocer la intención de voto, su objetivo es marcar la tendencia hacia un determinado sentido del voto o contra alguna formación en concreto.

En cualquier caso, siempre es noticia (más aún en agosto, que estamos lampando) la publicación del conocido como Barómetro del ZIS, siendo “barómetro” porque mide la presión que los españoles sentimos sobre nuestras cabezas y Z.I.S. por la Zurrapa de Investigaciones Sociológicas que termina siendo.

Probablemente ya todos conocemos lo que publica en su último sondeo, realizado dos semanas después de las elecciones: Básicamente, todo sigue igual, décima arriba, décima abajo. El único factor que decantaría los resultados hacia una opción determinada sería un significativo aumento de la abstención que, cómo no, beneficiaría a los de siempre; esos que van a votar a toque de corneta después de misa.

Se nota que buena parte de la plantilla del ZIS estaba de vacaciones por el bouquet a cocina de becario que desprenden los datos, porque no elevan lo suficiente a Rajoy a los altares y porque hay elementos que preocupan y mucho a la ciudadanía que no han encontrado el lugar preponderante que requieren:

¿Cuántas medallas conseguiremos en los Juegos Olímpicos? ¿Y descartando las de carácter religioso?

¿Cuál es la ratio “rollo de papel higiénico/ciudadanos venezolanos” que hay a día de hoy?

(Aquí iría una pregunta relativa a la prensa del corazón pero, como no conozco el tema, me limito a sugerirlo en vacío)

¿Trata la prensa deportiva a Cristiano Ronaldo – Messi – Griezmann con la ecuanimidad, justicia y, sobre todo, relevancia que merecen?

¿Se ha roto ya España por la parte de Cataluña? ¿Y ahora? ¿Y ahora?

¿Quién es más fiable, las predicciones meteorológicas de la televisión o los cuñados?

¿Qué hay de cierto en los rumores del fichaje de Fernando Alonso por la escudería John Deere?

¿Cuándo nos venden un dentífrico que anuncia la “protección total de nuestros dientes” es que el que nos vendían antes sólo protegía parcialmente?

¿Sabe la señora del anuncio, que se queja amargamente de las manchitas blancas que aparecen siempre en la mampara de la ducha, que su hijo adolescente se la pela como un macaco?

¿Dónde puedo comprar una barra de pan normal y corriente, de las de antes?

He incluido sólo diez pero la cifra y variedad tienden a infinito.

A mí no me engañan, están publicando estas cosas que ya tenían enlatadas y preparadas para el consumo, en previsión de que en Río de Janeiro no nos comiéramos un colín, como está sucediendo. A otro perro con ese hueso...




lunes, 8 de agosto de 2016

Pioneros


La vida en la cueva era, a la vez, fácil y complicada. Si venía el sueño, se le acogía con cariño en el primer rincón tranquilo que encontrase; si apretaba el hambre, solo había que echarse a la boca el primer elemento comestible que hubiera a mano y a otra cosa; el tercer instinto primario se satisfacía en connivencia con la otra parte del disfrute pero tampoco solía ser complicado de resolver, un gesto y ya está. Y esa era la manera sencilla en la que pasaba la vida.  Lo complicado llegaba a la hora de entenderse con otros congéneres; no existían apenas palabras, si acaso, sonidos guturales acompañados de señales con el dedo que hacían de la comunicación un arcano en el que, a veces y por casualidad, se acertaba.  Locuácido, que así llamaremos a nuestro protagonista, necesitaba hablar con los demás, comunicarse, expresarles sus sentimientos y emociones pero no sabía cómo y se propuso intentarlo.

En la tribu ya hacía tiempo que lo miraban raro, cuando iban a cazar se separaba del grupo y, sin que nadie supiera cómo llevaba la pieza a abatir hacia ellos y, cuando de recolectar se trataba, se las apañaba para lograr los mejores frutos. Si el concepto de envidia se hubiera inventado, le mirarían con envidia y si existiese la admiración también le habrían admirado. En su caso, sólo le miraban raro.

Locuácido entendió antes que nadie que la capacidad para articular sonidos podía emplearse en pro de la deficiente comunicación y comenzó con los más sencillos. Los fonemas de las vocales eran lo más simple y, así, señaló el líquido que les daba la vida y abrió, cerró y volvió a abrir los labios: A U A, sonó, mientras señalaba el cauce del río. AUA, insistió mientras bebía con la mano y los demás le imitaron: AUA, AUA, AUA, ... Había comenzado el proceso de poner nombre a todas las cosas, el líquido que bebían se llamaba “aua”, ahora, sólo quedaba todo lo demás.

Otro elemento determinante en su vida y que había que bautizar urgentemente era el que les daba calor cuando hacía frío y, arrimando la comida cruda a las llamas, la hacía más fácil de ingerir y digerir. Se fijó en que, después de provocar la chispa chocando dos piedras, todos soplaban sobre la hierba seca para que prendiera rápidamente; El sonido “fu”, repetido parecía el apropiado pero, al soplar muchas veces, se le escapaba la saliva por las comisuras y, o la tragaba, o apagaba la incipiente llama, de modo que siguió el “fu, fu, fu”, de algo parecido al “go o glo o glu” que se hace al tragar y, simplificando les quedó “fu-go” para definir lo que, desde entonces, ha sido el fuego.

Trabajosamente, consiguió aprovechar las primeras sílabas articuladas por sus cachorros como “mama”, por la repetición, para denominar a la madre y “papa”, para el padre; en orden cronológico siguió el “tata” para los hermanos o tíos o el que estuviera cerca y, así sucesivamente.  Cuando algo le gustaba era “cha-chi” y cuando no, “yu-yu”; la comida fue “ñam”, orinar “pis”, pegar “zas” o romper “crac”...  Poco a poco, Locuácido fue dotándonos de un vocabulario básico que facilitó, y mucho, la comunicación con los demás que, a medida que se veía la utilidad de su trabajo, lo fueron imitando y, a su vez, creando nuevas protopalabras que fomentasen las relaciones entre individuos.

Pero Locuácido no sólo fue el padre primitivo del lenguaje, también tuvo una decisiva influencia en la formulación de conceptos, el último y más sofisticado que inventó fue el de “seguidor”, concretamente en la figura de su sobrino, a quien llamaremos Ususparino, quien debutó con éxito con el monosílabo “chof”, sonido que surgió del que hizo la cabeza de Locuácido cuando apoyó violentamente en ella una piedra de 140 kilos.  Fueron tiempos duros los de estos pioneros de la cultura.



domingo, 7 de agosto de 2016

El Analista Sarcástico de Medios en verano...


Rajoy, agotado por el “primer paso” para la investidura, se toma unos días de descanso
Si las negociaciones se alargan, ha pedido un bicicleta de esas con motor eléctrico.  ¿Gobierno? Quizá sí, quizá no, pero las eléctricas que no pierdan, que las puertas giratorias no se pagan solas.

Ciudadanos pide al PSOE que “mueva ficha” para permitir gobierno y evitar elecciones
El sector de los socialistas más reacio a apoyar a Rajoy, proponía responder con una rima fácil a “mover ficha”; no obstante, el sector moderado impuso un diplomático “ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio...”

Susana Díaz persigue tomar el poder en el PSOE sin primarias
Debo ser algo parecido al beso de la muerte, en cuanto me acerco un poco a un partido, aparece un dirigente dispuesto a “suicidarlo de éxito”. Voy a tener que fundar uno yo mismo.

Soria pide cobrar los 4.644 euros que le corresponden como ex ministro
Según cuentan, se ha percatado que los hoteles de lujo en el Caribe cuestan un dineral y, antes de irse, hay que pasar por caja. “Ya no se respeta nada”, mascullaba abandonando la Recepción con la Visa en carne viva.

Prisión provisional y sin fianza para el detenido por el incendio de La Palma
Si él argumenta que fue al quemar el papel higiénico que había usado tras ir al monte a vaciar las tripas, ¿cuando la Guardia Civil reconstruyó los hechos le dio un laxante o sólo le miraron a los ojos y sentenciaron: “Te vas a cagar, majete”?

Los mossos cortan el centro de Barcelona por una falsa alarma
¡Ja! En Madrid me gustaría verlos, suena una alarma cada 5 segundos y el 110% son falsas...

Otegui: “No hay tribunal ni estado ni guardia civil ni ejército español que impida que sea candidato”
¿Qué pretende el bueno de Arnaldo con esta fanfarronada? ¿Provocar para que le demuestren que sí y hacerse la víctima? ¿Recuperar fantasmas felizmente descartados en Euskadi? ¿Comprobar como Montoro es capaz de hacer mucha pupa sin apelar a medidas coercitivas?  No sé, quizá se ha pasado de frenada. Ahora bien, yo no pondría pegas a que se presentase, a lo mejor descubría su verdadero potencial electoral.

Trump se mofa de Cinton y la llama desequilibrada
No me extraña que el gremio de humoristas esté de uñas con él, eso no es competencia desleal, es abuso de posición dominante.

Un niño de once años roba y conduce un autobús sin que se enteren los pasajeros
Llama la atención que esas cosas puedan pasar en Alemania, el España llevamos 5 años gobernados por alguien con una edad mental de 8 y la gente le sigue votando.

Primera victoria del equipo olímpico de Refugiados
Esa es la segunda victoria, la primera ya fue poder estar allí.