domingo, 10 de mayo de 2015

El inmenso valor de cada voto


No es la primera vez que se hace este análisis y, probablemente, no será la última pero insistir en él no le resta un gramo de razón:

Llevamos cuatro años escuchando/diciendo/criticando/denostando a quienes, en 2011 y siendo trabajadores o parados, votaron al Partido Popular, propiciando con ello su nefasta mayoría absoluta en el Gobierno o en numerosos ayuntamientos y comunidades autónomas.  Una reflexión poco acertada.

Observando las cifras de votos obtenidas en diferentes ámbitos electorales, comprobamos que sí, el PP cosechó un número mayor de apoyos que en convocatorias anteriores, pero el aumento no fue tan grande como para merecer el cheque en blanco que recibieron en 2011.  Es más, en algunos lugares sufrieron un descenso, leve, pero descenso al fin y al cabo.  ¿Por qué, entonces, esas abrumadoras victorias?  Por la abstención hacia los demás.

Se afirma, no sin razón, que los votantes del Partido Popular son fieles hasta la náusea (en muchos casos, literalmente) y acuden a las urnas con devoción de converso, no faltando a su cita ni en casos de peligro mortal.  Esa disciplina espartana encuentra un pálido y laxo reflejo en los partidarios de la izquierda (metamos a todos y así no nos distraemos con matices), que se deja llevar por impulsos, perezas de naturaleza variada, cabreos cómplices o no concederle la importancia que tiene.  Ahora me enfado y no respiro, o algo así.

Los analistas electorales de la derecha lo saben y juegan con ventaja, el PP cuenta con un suelo rocoso de sufragios y la izquierda, además, más fragmentada, se apoya en una base difusa.

En 2011 se añadió un efecto curioso; el descontento generalizado producido por una grave crisis internacional, tuvo consecuencias demoledoras en una clase trabajadora que, de un día para otro, perdió su trabajo, su capacidad adquisitiva y contempló con asombro que el Gobierno de turno había quedado noqueado, comatoso y sin capacidad de reacción.  Esta indignación ciudadana fue capitalizada, primero de modo espontáneo y después de manera organizada, por un movimiento que promovió la negativa a ejercer el voto como medida de protesta por la situación que estábamos padeciendo.  Inconscientemente, esta fórmula de castigo tuvo mucho que ver en la hegemonía que adquirió el Partido Popular que se encontró un caldo de cultivo ideal que legitimaba su innata capacidad para hacer daño.  De lo sucedido de 2011 hasta hoy, todos tenemos datos irrefutables:  El desastre.

Sentadas estas premisas, la conclusión es obvia:  Nadie debe faltar a su cita con las urnas.  Se podrá votar a la opción que cada quien decida, la oferta cubre todo el espectro ideológico, pero votar siempre.  Porque “ellos” están aleccionados, vigilantes y dispuestos, no debemos desperdiciar una sola papeleta.  Nos abruman con encuestas de dudosa credibilidad, cuyo objetivo se fija en minar la ilusión de cambio y “orientar” el voto indeciso hacia la opción que ha pagado por ese sondeo.  No caigamos en la trampa.

Ya hemos jugado a no votar y hemos sufrido las consecuencias, juguemos ahora a votar en masa y seremos imparables.



1 comentario:

Ruben Yague dijo...

Mucha razón, algunos se les olvida la importancia de su voto.