miércoles, 25 de noviembre de 2015

MI MARIDO, MI EXMARIDO... EL ANIMAL ESE


Que bonito tiene que ser eso de poder volar... Bonito... Sugerente... Enigmático... Romántico... No sé, quizá sea por eso que la humanidad lo ha intentado desde siempre. Estoy segura de que todos, en alguna ocasión, hemos soñado con esa sensación maravillosa de ir flotando por el cielo, sobre una nube, sin más destino que el que marque el viento... Relajada ... Libre. De vez en cuando sumergirte en una nubecilla de algodón, haciendo cabriolas según avanzas hasta que... ¡Zas! Te estampas contra una montaña que estaba ahí desde siempre pero, flotando en tu fantasía, no la viste. Y caes, dolorida y desmadejada, dando tumbos por la ladera hasta el fondo de un precipicio.

Más o menos así es como me sentí la primera vez que me pegó mi marido, mi exmarido... el animal ese.

Y, como en las películas, cuando hay un accidente en la montaña, de inmediato arranca la Operación Salvamento. Ante mi estupor, mi dolor y mi sorpresa me abrazó. –¡¡No sé lo que me ha pasado, cariño, perdóname, perdóname, perdóname!!- Me decía llorando. Y yo aturdida, enamorada, le creí.

Con el paso del tiempo se me olvidó lo que había hecho ¡Cómo se puede ser tan tonta! Y vinieron los niños, los tres seguiditos: Arturo, Jorge y Patricia, así, de tirón, en tres años, tres niños. Yo creo que fue entonces cuando apareció, cuando se mostró abiertamente, sin careta, la mala bestia que vivía en mi casa: Que si “Joder, te has puesto como una vaca”; que si “Esta comida es una puta mierda”; que si “Eres una inútil”. Cada día avanzaba un pasito más y yo no entendía nada.

En mi soledad me iba hundiendo poco a poco. Mi madre estaba en el pueblo, los pocos amigos que tenía eran también los suyos y el cura... luego hablaré del cura. Debió ser por entonces cuando, por fin, me anuló, cuanto más me esforzaba por agradarle o por evitar sus broncas y sus insultos, ya no lo sé, más se crecía él. Venía por casa cuando le parecía, me tiraba la comida a la cara, se gastaba todo el dinero ¡Que lo ganaba él, decía! ¡Que yo no sabía administrar una casa, que yo no sabía ni sumar! Yo no quería nada para mí pero no podía permitir que los niños fueran como pordioseros, que les faltara comida o pañales o ropa o juguetes, lo que sea.

Y se lo dije. Llegó a casa a las tantas, borracho pero se lo dije, muerta de miedo pero se lo dije.

El primer golpe no lo vi venir, ni el segundo, ni ninguno. Sólo me recuerdo tirada en el suelo, hecha un ovillo, recibiendo cada puñetazo, cada patada, cada insulto sabiendo que no lo merecía pero ¿quién merece eso? Nadie, ni siquiera él. Luego, cuando se cansó, satisfecho de su comportamiento indigno, me tiró encima un puñado de billetes y se marchó.

Al cabo de dos días eché de menos a mi marido, mi exmarido... el animal ese y, preocupada, me acerqué a la comisaría. Me veía desde fuera, como en las pesadillas, deambulando magullada como un zombi, me preguntaron si quería poner una denuncia -¿Por la desaparición?.Pregunté yo. –No, por los malos tratos .Respondió la mujer que me atendió. Y desperté.
Durante el reconocimiento médico, las charlas con la psicóloga y después con la abogada fui recordándolo todo, punto por punto, palabra por palabra, insulto por insulto y golpe por golpe.

Tomé conciencia clara de quien era yo y quien era él, quien no era él. Me hice un firme propósito, un compromiso: el de no volver a consentir que ocurriese. No me alimentaba el odio, de verdad, sólo quería hacerme justicia a mí misma, recuperar mi persona y mi dignidad.

Arturo, mi hijo, mi Arturito, estaba haciendo la catequesis y una tarde me hizo llamar Don Adolfo, el cura. Me dijo que se había enterado por el niño de que sus padres estaban separados y me recordó que el matrimonio es indisoluble, que debía guardar respeto al padre de mis hijos. Si consentía en volver a la normalidad, me dijo, él mismo hablaría con mi marido, con mi exmarido, con el animal ese para solucionarlo todo. Le expliqué lo sucedido y me negué en redondo a su proposición y, para mi sorpresa, en vez de entenderlo, me amenazó con no celebrar la comunión del niño. ¿Quería borrar de un plumazo todo el drama de mi vida con un vulgar chantaje? Ni loca, respondí, y ni mis hijos ni yo hemos vuelto por una iglesia.

Con el tiempo mi vida se fue normalizando, empecé a trabajar en lo que pude... ¡Qué remedio! Y no volví a ver al bestia hasta que nos citaron en el juzgado. Para ser sincera fue una situación muy desagradable. Al entrar, él me pidió perdón, me dijo que había cambiado y que quería volver a intentarlo. Yo le dije que no. Buscó entonces por el lado emocional, me dijo que me quería y echaba mucho de menos a los niños. Yo le dije que no. Y volvió por sus fueros: voces, amenazas, algún amago violento, todo esto en el juzgado, me hubiera reído si no hubieran vuelto mis fantasmas y no estuviese muerta de miedo. Pero me mantuve firme.

Un día, al volver del trabajo, estaba en el descansillo de la escalera cuando escuché el teléfono de casa. Abrí corriendo la puerta y fui al salón a cogerlo. Era mi abogada. Mientras le escuchaba, eché un vistazo rápido por el salón y allí estaba él, sentado en un sillón. No sé como había entrado, pero el brillo de sus ojos no presagiaba nada bueno. Noté como la sangre se me bajaba a los pies y oí que el teléfono seguía hablando. Presté, mecánicamente, atención al auricular y la voz de mi abogada decía: -Vengo del juzgado, tu marido ha perdido el juicio. Respiré hondo y, antes de colgar, le dije: -No lo sabes tú bien, avisa a la policía.

Cuando mi cuerpo atravesó la ventana el tiempo se ralentizó... Me dio tiempo a visitar, como cada noche, la habitación de mis hijos, a remeter las mantas, a darles un cálido beso en la frente y a decirles adiós. También vi mi nueva y feliz vida sin él y durante tres eternos segundos...  fui verdaderamente libre.



3 comentarios:

Angelica Perez dijo...

Qué tremendo, Fermín. Ojalá fuera ficción.

Cmartinezrivada@gmail.com Martinez Rivada dijo...

La realidad cruda y dura.... hasta cuándo?? Menos actos sociales y más presupuesto para protegernos....

Fermín dijo...

Es fundamental que dejan de jugar con la Educación y, desde ya, implementen planes educativos que trabajen en un ambiente de igualdad real desde bebés hasta la universidad. Es el futuro, todo lo demás son paliativos.